Desde los dos años, estuve en un colegio católico. Si bien mis papás no eran de ir a misa todos los domingos, las iglesias nunca me fueron ajenas. Me gustaba recorrerlas todas, especialmente el via crusis. No abandonaba el lugar hasta que había visto, una por una, las partes del viacrusis. Mis papás pensaron que iba a ser siempre una chica muy religiosa, no lo soy.

Hasta hace poco, no entendía muy bien el por qué de mi atracción a los via crusis. Luego entendí, o creo entender.
Entre una y otra imágen, Jesús no estaba quieto. Yo caminaba la iglesia mirando, Jesús tomaba la cruz, se caía, volvía a levantarse. Entre una y otra imágen, había movimiento.

Me compraron una cámara cuando tenía 15, durante todo ese año, mi relación con la fotografía fue siempre un estudio del movimiento. Sabía que Muybridge lo había hecho hace más de 100 años; pero para mi, era igual de impresionante cada vez. Que pudieramos hacerlo, que pudieramos capturar el movimiento.
Fue de a poco que entendí que no me interesaba tanto la fotografía, sino que era el modo video en el que tenía que configurar la cámara. Cada momento que podía grabar, lo hacía. Cada trabajo del colegio que me permitiera un poco de libertad, lo entrega en un archivo mp4.
Hace mucho, empecé a ver mi vida en planos, y así, llegué a la Universidad de Cine.

Por ahí no es tan así, no? Por ahí el cuento del viacrusis es una visión romantizada para darle sentido a algo que quizá no lo tiene. Quizá es así, pero no me importa.

Solo cuando veo mi vida desde el lente del cine, es que los sucesos que la componen se hilan entre si y encuentro algo parecido al sentido. Cuando dudo de dónde estoy, solo recuerdo que cuando era chica y me preguntaron que Barbie quería, yo elegí la que tenía la cámara en el pecho.